Cronos. Episodio 1

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Manuel Trigo.
Versión por episodios realizada por el autor para THELunes
AUTOR

Resumen

El cielo anuncia el fin de la vida en la Tierra. La humanidad entera se enfrenta a su extinción. El único refugio posible parece ser el espacio exterior, pero el hombre aún no está preparado para sobrevivir lejos de la tierra.
¿Se podrá encontrar una salvación?

A Cronos,
ese dios implacable que nos roba el tiempo

LA ENTREVISTA

–Soy dios.

–Pues me parece estupendo, No todos los días se tiene la suerte de hablar con Dios.

–Y lo mejor de todo es que soy dios por aclamación popular.

–Comicios celestiales. Lo que me faltaba por oír.

–Soy un dios menor. Soy Cronos, dios del tiempo. Hace años que adquirí el sobrenombre de Cronos y desde entonces siempre he bromeado con él. He iniciado así mi conversación para romper un poco el hielo.

–Pues déjese de romper hielos, que tiene mucho que contarme.

–Vaya, pues yo pensé que usted también pretendía romper el hielo al presentarse con ese traje tan cómico.

Cronos 1

–¿Mi traje le parece cómico?

–No, me parece ridículo; pero “cómico” me pareció menos ofensivo. ¿De dónde ha sacado esa antigualla?

–¿Antigualla? Veo que no tiene ni idea de moda. Es un Armani de esta temporada.

–Otros iguales. Europeos y norteamericanos, sois todos igual de tradicionales.

–Quién fue a hablar de tradiciones. Pero por Dios, que no tengo todo el día. Vengo de un largo viaje. Llevo más horas sin dormir que las que un cuerpo puede aguantar sin ayuda ¿y usted me entretiene con mi traje? Haga el favor de ir al grano y contármelo todo, por favor.

–Está bien. En realidad me llamo Debendranath, aunque cuando no me llaman Cronos, me llaman Deb. Soy técnico de mantenimiento de Tagore. Tengo los títulos de ingeniero en telecomunicaciones, especializado en electrónica, y de ingeniero aeronáutico, especializado en materiales, y sólo dieron para ser técnico de mantenimiento, ni siquiera jefe. Pero, al menos, fue suficiente para entrar en Tagore, último reducto de la humanidad.

–Explíqueme eso. Necesito saberlo todo.

–Calma, hombre, que le voy a contar todo, como usted exige, pero no puedo contarlo todo a la vez. Cada cosa a su debido tiempo. Supongo que lo más apropiado es empezar desde el principio, desde algún punto donde esta historia pueda tener algún sentido.

En el año 2075...

–¿2075?

–Me ha oído perfectamente. ¿Va a interrumpirme en cada frase o quiere que se lo cuente "todo"?

–Perdón, continúe.

–Pues como estaba intentando decirle; en el "2075", el Sistema Solar estaba distribuido de forma diabólica. Organizado en un perfecto caos de precisión absoluta. No habría sucedido nada si los planetas hubiesen estado distribuidos de cualquier otro modo. La más sutil de las diferencias habría cambiado todos los acontecimientos.

«Un cometa nuevo cruzó la órbita de la Tierra. La gran bola blanca, pues en su mayor parte estaba formada por hielo, fue bautizada como Theodore, en honor al astrónomo que lo descubrió cuatro años atrás.

«Curioso nombre, Theodore: regalo de Dios. De hecho, así fue en un principio. Un verdadero regalo de divino. Un cometa muy antiguo y de enorme órbita. Se le atribuyó un periodo cercano al millón de años, por lo que habría pasado relativamente pocas veces junto al Sol; al menos, comparado con otros cometas. Pasó muy cerca de la Tierra, a tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna, y siendo tan virgen y voluminoso, dejó tras de sí una cabellera tan densa y luminosa que competía en brillo con la propia Luna llena.

«El espectáculo, que duró todo el verano, le hizo más merecedor de su nombre que ningún otro cometa del suyo. Y también fue un regalo divino para la ciencia, pues varias sondas fueron lanzadas hacia él con la finalidad de seguir aprendiendo sobre el origen del Sistema Solar y del Universo

«Asimismo, aquel verano fue un buen caldo de cultivo para las hordas de catastrofistas de todo el mundo. Unas religiosas, otras pseudocientíficas, pero todas muy activas y capaces de remover el mundo. La influencia del cometa no era sino una histeria global autoinducida, pero que desestabilizó toda la sociedad.

Cronos 2

«Muchos entendían que los astrónomos pudiesen calcular con mucha antelación la trayectoria para tranquilizar al planeta asegurando que pasaría a una distancia maravillosamente cerca, pero más que suficientemente segura. Sin embargo, se preguntaban si la Tierra estaba preparada para responder en caso de que la trayectoria sí hubiese sido coincidente.

«La tensión se incrementó a mediados del verano, cuando el Theodore pasó detrás del Sol, completando así su semielipse. Un grupo de astrónomos del Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma, afinó la ruta de vuelta al espacio profundo, la otra semielipse. La línea era coincidente con Ceres, el mayor de los asteroides. La probabilidad de colisión era del 10% en un principio y se fue incrementando hasta la absoluta certeza a medida que el cometa avanzaba y se reducían los errores de cálculo. Finalmente, se produjo un impacto casi tangencial. Toda una maravilla para los observadores de medio mundo. Ceres abandonó su órbita y se aproximó peligrosamente hacia Marte. Pasó muy cerca de Deimos, incrementando su velocidad por el efecto catapulta y volvió a incrementarla al pasar rozando Marte. Una gigantesca bala de cañón se alejaba del centro del Sistema Solar. La bola blanca había golpeado a la negra. Pero el Sol, impasible y paciente, ejerció sin prisas su poder.

«La órbita de Ceres había dejado de ser una elipse casi circular para convertirse en otra elipse más oblonga. Primero la ida, y después, la inexorable vuelta en rumbo de colisión con la Tierra. La bola negra contra la azul en el tapete de Dios según unos o en el del Diablo según otros. Probabilidad de impacto: 100%. Capacidad de destrucción: Absoluta para la vida. Grandes cambios en la corteza terrestre, con importante pérdida de masa. Tiempo restante para la extinción: dos años y cuatro meses.

–Caramba...

–Carambola, diría yo. El Sistema Solar tenía perfectamente distribuidas sus bolas para la partida final. Como dije antes, el más sutil de los cambios hubiese evitado la catástrofe. Tan sólo si hubiese pasado unos cientos de metros más cerca o más lejos de Marte habría sido suficiente, pues el efecto catapulta incrementa la velocidad, pero curva la trayectoria. La diferencia hubiese sido de una ínfima fracción de grado, pero con un largo camino por recorrer, hubiese bastado para llegar a nuestra órbita antes o después de que nosotros hubiésemos pasado por ella. Pero no fue así y las cartas ya estaban repartidas.

«Ni siquiera los ecologistas más radicales, que deseaban la extinción del hombre para dar la oportunidad a la naturaleza de reponerse de los daños que le habíamos causado, se podían sentir satisfechos. La extinción iba a ser absoluta. La parte del planeta que no se viese afectada directamente por el impacto sufriría una invasión por las aguas en olas supersónicas de hasta mil metros de altura.

–¿Mil metros? ¿No cree que eso es una exageración?

–Todo parece exagerado, pero aquellas predicciones fueron el fruto de exhaustivos cálculos científicos. Esas olas treparían por toda ladera, dejando pocas zonas sin inundar. El rincón más frío del planeta vería incrementada su temperatura hasta los sesenta o setenta y cinco grados centígrados, pero pocos días después comenzaría una glaciación global sin precedentes, debida a la opacidad absoluta de la atmósfera, que haría parecer irrisoria cualquier estimación de invierno nuclear. Sin embargo, la zona del impacto aún seguiría muy caliente por algún tiempo, generando corrientes térmicas de aire similares a los vientos infernales de Júpiter.

En el próximo episodio

¿Cómo aceptará la Humanidad su extinción?